viernes, 26 de abril de 2019

Reflexión inicial

Si los docentes universitarios nos mantenemos en la idea de que la Educación Superior consiste solamente en la capacitación de los estudiantes en una serie importante de constructos epistémicos y de habilidades procedimentales y metodológicas propias de una disciplina, entonces no deberíamos preocuparnos por el fracaso y la deserción, y podríamos sentarnos tranquilos a esperar que la situación mejore. Pero esta visión decimonónica de la academia está, afortunadamente, superada. En paralelo, nos enfrentamos al hecho de que todo el proceso de formación superior, como cualquier otro proceso educativo, está mediado principal y fundamentalmente por el lenguaje. El proceso formativo está atravesado por una suma de prácticas permanentes de lectura y de escritura académicas tendientes a incorporar a los estudiantes, como productores y transmisores de conocimiento, en una comunidad disciplinar determinada. Si los docentes-investigadores universitarios entendemos que somos agentes primordiales de este proceso de “enculturación” letrada y que es parte de nuestra tarea proporcionar y facilitar herramientas y estrategias de lectura y de producción de los textos que son el soporte del saber que circula en las aulas desde el primer día de clases, entonces tendremos que entender que, si hoy existe fracaso, somos parte de las causas y que, si queremos acercarnos a la solución, debemos revisar nuestras prácticas y encarar un proceso de reflexión sobre el lenguaje académico de nuestra disciplina, de reconocimiento de los géneros discursivos que  vehiculizan esos saberes disciplinares y de búsqueda de los recursos que estén a nuestro alcance para acomodar nuestras propuestas pedagógicas a fin de que no solo estén centradas en el fin sino también en el medio, es decir, en el uso del lenguaje con fines académicos.

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